Mi amiga potranca no es mía, es de un vecino.
Ayer se la llevaron para empezar a domarla.
Ella no es salvaje, pues vive encerrada en tres hectáreas.
No es salvaje, pero nunca nadie la había montado y sus cabellos acompañaban su galopar.
La vinieron a buscar y mi corazón se detuvo porque sabía que quizás no volvería, o volvería distinta, y no de los distintos que dan alegría.
Me comento un muchacho, amigo del vecino, que él fue el primero que la monto, casi con la voz que supongo le cuentan a sus amigos varones cuando desvirgan a una mujer.
Y en mi mente, mi primera vez, también joven como mi amiga potranca, también sin consentimiento, ni aviso, me montan, me maniatan, y sin siquiera corcobear,
se apropian de mi.
Y lo veo al muchacho feliz, contando la experiencia, que relatara a otros acrecentando su pequeña masculinidad.
Es de noche, y la potranca volvió, la trajeron. Con el pelo cortado, con llagas en la piel, con las ganas de que ningún humano la toque por largo rato.
Yo potranca, nos pienso, cuando será el día en que seamos libres.
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